Sobre la necesidad de leer poesía en voz alta

El estruendo de los desporticadores ensordece a los críticos
Fernando Savater
Desde que empecé a escribir poemas me pregunté
si de veras valía la pena hacerlos:
¿no sería mejor transformar la vida en poesía
que hacer poesía con la vida?
Octavio Paz
Una de las cosas que hacen importante a México es que sus poetas hayan andado por aquí. Ellos, que no tenían presunciones que los enredaran en la timidez o la soberbia, dijeron sus versos.
Pero, si la palabra no leída no acaba de ser palabra, ¿la palabra no leída en voz alta qué?
Una de las primeras dificultades consiste en que se cree que la poesía es improductiva. Que carece de utilidad. Que... no sirve para nada. Tienen razón. “La poesía no sirve para nada, salvo para vivir”, dice el poeta venezolano Eugenio Montejo.
Otra sería el exponernos a la crítica por “leer poesía”. Y más en voz alta. “Existe cierta gloria en no ser comprendidos”, dijo Baudelaire.
Otra dificultad es la de valerse de la propia voz para decir los versos. Aparte de que se tenga o no buena voz (que no siempre se tiene), o de que se sepa o no leer en voz alta (que no siempre se sabe), la lectura llevada a cabo por otro, en voz alta (si sabe leer), hace más natural la expresión de los versos.
El verso es para leerlo con voz alta. Supongo que los versos se presentaron a los poetas con voz. Con una voz que nadie más conoce. No la que no reconocemos al escucharnos por primera vez en una grabación, ni la que escuchan los demás y nunca conoceremos, porque las grabaciones son espejos imperfectos, y, en el mejor de los casos, espejos que requieren de un tercero que nos diga, en efecto, que ésa es nuestra voz. La que sí conocemos, es esa voz interior, físicamente incomunicable, que nunca nadie más conocerá (ojo: tenemos tres tipos diferentes de voces, razónalo), ésa es la que escucha el poeta al escribir, y la que rige, así, la hechura musical del verso. Lo cual no quiere decir que los versos alcancen plenamente su valor sólo con esa voz, es decir, por el poeta. Sino que el respeto a esa voz desconocida se impone de algún modo cuando se lee bien, como al interpretar una partitura se puede producir una música fiel a otra nunca escuchada.
¿Qué pasa cuando lees un poema en voz alta y te escuchan? Puede pasar que seas un mal intérprete. Pero puede pasar algo peor, tratándose del verso, escrito con frecuencia en primera persona. Si el que lo lee dice en voz alta los versos, escenifica la tendencia a confundirlo con su primera persona. La cosa puede tomar un aire equívoco de una confesión intima que es una confesión pública. Este equívoco, si no es buscado y logrado como un recurso frustra la obra (y al lector, por supuesto). Claro que puede suceder que el lector en voz alta utilice al personaje como medio de expresión. Y esto, de ninguna manera es un equívoco.
“La auténtica lectura es en voz alta”, dice el poeta mexicano Gabriel Zaid. Aunque al escucharlo también implica crédito a lo que no se sabe. Disposición. Apertura para ir escuchando algo que quizá nos defraude, o que milagrosamente, nos exprese. Ese crédito individual puede llegar a ser colectivo: el público, el conjunto de ellos consagra a un autor, le da crédito literario, espera anticipadamente de él, con predisposición favorable lo que no se sabe.
La lectura no debe estar limitada a la lectura en voz baja e individual. Es como, por ejemplo, si en México surgiera el mejor rejoneador del mundo: su obra sería opaca y no gozaría de crédito si el público no sabe apreciar más que el toreo a pie.
En fin, creo que el hecho de leer poesía en voz alta no es ocioso. Es la tensión de dos que se buscan. Que se hablan sin conocerse, pero que no se quieren engañar. Que se exigen. Es la tensión de un crédito que se da de antemano a lo que no se sabe. Que se puede retirar en cualquier momento. Es la decepción o la felicidad de encontrarse en una claridad habitable. En una comunidad consigo mismo como otro, y por lo tanto: con todo lo ahí comunicante.
* Alumna de la licenciatura en
Derecho de

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