Friday, June 02, 2006

De ciertos buscadores





Por Everest Landa*

Emerge de un túnel luminoso a la oscuridad de los días que se siguen un paso tras otro. Entonces todos son ojos inflamados de luz escarlata, le pasan por los lados como moscos recién comidos, zumban como moscos; hay otros gordos y terrenales como moscas.

Buscador de mujeres como de tesoros. Pirata sobre su nave de sed, de maderos maternos, velas de renovación. Negocia mapas antiquísimos en recovecos de lagos verdes y nativos; los revisa a detalle: los huele, les mira cada trazo y leyenda, los agita en el aire para escucharlos (de su fragilidad-resistencia, de sus aromas-pestilencias, de sus tangibles desfiguros depende su búsqueda o abandono). Parece no tener predilección por ciertos mapas, sólo evita los que tengan una sola ruta de descubrimiento, esos nunca.

Ha ido en busca de aquellos que huelen a garza o a montaña, los de tinte tosco y sin nombre, los que suenan a guerra o a lacios tiempos, le encantan las combinaciones. Resulta una especie de cocinero tuerto.

Ha surcado mares árticos, espesas sabanas, cuevas claustrofóbicas. Ha encontrado oro, nueces, trozos de nube, en cofres y frazadas empapadas de estrellas y lodo. Para llegar a los tesoros ha tenido que abrir el aire espeso con hachas, dinamitado algunas leguas de hiel, perforó las aguas muy hondo.

En las aventuras lo acompaña algunas veces su hermano. Es flojo, o más bien guango: incierta la corbata, gelatinos los gestos, lagrimeras las manos, y tiene un recubrimiento que le empareja el alma en una inocencia fatídica que da gusto no conocer bien. Todos tenemos una planicie.

También le gustan los tesoros, o las mujeres, pero no como a su hermano. Teban el Guango, lo acompaña porque le fascina desgastarlos con la mirada, a punta de lamidas pupilantes. Da la impresión de ir por no tener nada mejor que hacer con su vida.

Teban no pasará a la historia al igual que su hermano. Es más, sepa si la suerte le tendrá algún tesoro para él. Dice que aún no está preparado para administrar algo de tal calibre. Quizá no quiera tener los tesoros que su hermano encuentra; aunque el brillo de cinco soles le fulguraron los ojos cuando conoció el tesoro nube.

Pasaron edades enteras y a medias. Una vez, entre el día de focos, el gran pirata miró a un mapa tesoro, o a una mujer, éste le notó el tiempo en los restos de uñas alrededor de la boca. Tomó el mapa de una orilla y se lo llevó a toda prisa. Teban el Guango vio el mapa hondeando de la mano de su hermano, hondeando.

El guango los dejó ir por el mar de hoyos negros, sombreados por la Historia. Fue a buscar el tesoro nube. Cuando lo vio (mejor dicho, la vio) se quitó la corbata y todo lo demás. Quedó una gelatina empapada y enamorada de la lluvia. La nube había empezado a escampar antes de la llegada de el Guango. No hubo Historia de los que se llovieron.


* Alumno de la licenciatura
en Comunicación de la FES Acatlán

0 Comments:

Post a Comment

<< Home