Friday, June 02, 2006

Sobre el cuerpo vendido y violentado








Por Renato Ortiz Olvera*


Comienzo este ensayo describiendo mi forma de mirar. Es, en ocasiones, una mirada nauseabunda, otras tantas pesimista y decadente. Mirada que situada como detrás de un cristal imaginario, desde el que desarma los cuerpos construidos en las tramas de micropoderes casi ocultos, refiriendo a estos poderes de lo social y su complejidad, mirada desde la que me es imposible hablar de objetividad y mejor aún me resulta más fácil reconocer mi subjetividad, mis “debilidades” en tanto sujeto.

Una vez aclarado el enfoque, oso dar el primer paso al terreno del cuerpo, del cuerpo humano subjetivado, el prisionero de eso más grande que han denominado algunos como alma, que rebasa lo interno y se constituye en la imagen externa y con los otros.

El cuerpo está subordinado a los micropoderes sociales y es visto como objeto. El cuerpo aún en el retiro, en la intimidad de una habitación acolchonada pertenece a los otros, a los demás (de los más). El cuerpo yo lo miro como un objeto, que es preparado para venderse y sólo en esa venta es posible su existencia. Y no es sólo mi punto de vista, también es el punto de vista de las teorías sobre la imagen pública, o la apariencia o la comunicación no verbal, “saber venderse requiere cierta preparación”, que es posible gracias a la infinidad de cursos para tal fin, libros, revistas, medios electrónicos, etcétera.

El cuerpo-objeto —como un vegetal en el supermercado— debe presentarse fresco y debe producir antojo o el deseo de poseerlo e incorporarlo, o corre el riesgo de ser abandonado y por lo tanto corre el riesgo de perecer en la podredumbre.

Los sujetos buscan, y aquí radica su importancia, cuerpos y al mismo tiempo buscan ofrecer sus propios cuerpos. Para tener “éxito” en su empresa educan su cuerpo, lo lavan, lo alimentan de determinada manera, lo peinan, lo depilan, lo modifican, lo abandonan por partes, los recuperan en fragmentos, lo visten, los copian, los maquillan, los operan, y por último los ofrecen para que sean deseados, comprados, utilizados, maltratados, vueltos a ser educados, para una vez más y todas las posibles, succionados, poseídos.

El cuerpo-objeto en las infinitas e invisibles tramas sociales es expuesto en un mercado, como lo hace un pez-pescado, para una vez que ha seducido el ojo del otro es observado, tomado y abierto, y destripado por la manos del otro, tragado y digerido.

Pero a pesar de la manera grotesca en que escribo esto, a pesar del lenguaje y otras instituciones de las que es difícil escapar, el cuerpo es lo que tenemos más cerca de uno mismo, lo más cerca del otro, lo que posibilita relacionarse, lo que vive y muere. Por eso el cuerpo es utilizado en múltiples y sutiles formas de dominación y sometimiento. Otras muchas ocasiones, es objeto de prácticas grotescamente violentas y de aquí me surgen algunas preguntas:

¿Cuánto soporta un cuerpo la violencia del otro?, ¿cuánto debe soportar un cuerpo la violencia del otro?, ¿cuánta obligación tienen las instituciones de proteger a un cuerpo, frente a la violencia ejercida por algunos?


*Alumno egresado de la licenciatura
en Psicología de la UAM-Xochimilco

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