Friday, June 02, 2006

Tendremos que despertar

—Mujer de mirada triste: ¿Dime que ves en las velas, son espectros de la noche o son flores de la tierra?—

Julie Sopetrán




Somos mortales

todos habremos de irnos,

todos habremos de morir en la tierra...

Como una pintura,

todos iremos borrando.

Como una flor,

nos iremos secando

aquí sobre la tierra...

Meditadlo, señores águilas y tigres,

aunque fuerais de jade,

aunque fuerais de oro,

también allá iréis

al lugar de los descansos.

Tendremos que despertar, nadie habrá de quedar.

Netzahualcóyotl (1391-1472)



Por Abril Romero Medina*


Los días de muertos del México de hoy descienden de una concepción prehispánica, de una concepción que señala que la vida y la muerte son un sólo proceder, la muerte no fue para nuestros antepasados la verdad incómoda que las familias mexicanas contemporáneas, muy a la europea, deciden no incluir en la plática de la comida, si es que la televisión aún permite a algunas conversar de cuando en cuando…

Decía pues, que era en aquellos días de los sacrificios humanos una verdad que lejos de intimidar, bastante gusto producía, pues era entendida como la “prolongación de la vida en la muerte”. Pero luego, mucho luego… Hoy, la concepción de la muerte, también globalizada, ya no nos permite vislumbrar el por qué del gozo, de las risas y de la fiesta que produce la consumación de la vida de un ser amado y que, aunque es verdad que el motivo de la fiesta es un reencuentro, el presupuesto de todo esto es una muerte, y es que sino se entiende esta fiesta con la simbología prehispánica estamos muy lejos de encontrarle algún sentido a esta tradición… Tendríamos que deshacernos de muchos dogmas, de concepciones sociales muy arraigadas, arraigadas por una estructura económica que genera más ganancias apostando por la idea de hacer ver a la muerte como el punto final de los finales y omitiendo esos otros dos puntos que los creadores mesoamericanos de dicha tradición veían como suspensivos en la muerte… Y es que muerte, entendámoslo, no era hace 500 años el remate de nuestras vidas, tal vez de la vida física de un ser humano, pero no la del espíritu, la del alma, y tal vez sea por eso que nos es difícil entenderlo si consideramos que poca ó ninguna idea tenemos del valor del espíritu y de la verdadera trascendencia que tiene este en el mundo… Decían los antiguos “que la muerte era un cenit, pasábamos a formar parte del mundo de otra forma, ahora, ya éramos viento, tierra, agua, todo… Y son éstos, que ahora los son todo, quienes regresan una vez al año guiados por un camino de cempasúchil, atraídos por las luces de los cirios a llevarse la esencia de su comida, esa, la que mas les gustaba cuando eran hombres, a beberse su vino o su agua, a mirar a su gente a la que todavía, espero yo, aman.

Tal vez ya no podemos concebir la muerte como lo hacían ellos, por aquello de que “el pensamiento no debe tomar asiento”, pero aunque llegáramos a pensar en la muerte como en la transformación de un ser humano a viento, agua, fuego o tierra, la verdad es que no volveremos a ser nunca nosotros, la verdad, es que un día “todos despertaremos“ y sería bueno pensar que la vida es un sueño y dedicarnos a soñar y a vivir.



*Alumna de la licenciatura
en Derecho de la FES Acatlán

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